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Todos estamos en libertad condicional
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Benjamín Cuéllar
San Salvador

En los primeros años de la década de 1970 se estrenaron dos películas con ese mismo nombre. Al menos, la traducción al castellano era similar. Una era la coproducción italiana, francesa y alemana oriental filmada en 1972, bajo la dirección de Manlio Scarpelli y con un reparto que incluía entre otros a Ricardo Cuicciolla –quien también tuvo un papel protagónico en “Sacco y Vanzetti”, de la misma época– y al prolífico actor-director Vittorio de Sicca. Un año antes se estrenó la otra cinta nominada de igual forma, en la que Damiano Damiani dirigió al versátil Franco Nero –quien ubique a este actor desde sus inicios, se acordará de “Django”– y también al ya mencionado Cucciolla. Fuera de la participación de este último en ambas y de su crítica social, las dos filmaciones no estaban relacionadas entre sí; no era una la continuación de la anterior, como se acostumbró luego.

Aclarado eso, cabe preguntarse lo pertinente. ¿Cuál es su relación con lo que ocurre hoy en El Salvador, para mencionarlas de entrada? En el caso de este comentario, no tiene que ver con las capturas recientes tras requerimientos del Fiscal General de la República y el posterior envío a las rejas de las personas detenidas; capturas que van desde un sacerdote católico y un antiguo ministro de Gobernación, a jueces especializados tratados como “intocables” hasta hace unos días. Habrá que esperar cómo se desarrollan investigaciones y procesos en esos casos, para opinar con propiedad.

Lo que llama la atención y motiva a considerar hoy esas dos historias llevadas hace años a la “pantalla gigante”, es su sugerente título. Porque en este país con Estado “fallido”, “frágil”, “de desorden” o “de incertidumbre”, llámenle como quieran, mucha población –muchísima, más bien– se encuentra en esa situación: en una pura y dura “libertad condicional”. Al menos esa es la imagen que de repente viene a la mente cuando la gente sale de sus colonias en la mañana y, al final del día, regresa a las mismas.

El abrir y cerrar de rejas metálicas por guardias de seguridad armados con pistolas o machetes, pero sobre todo de valor, es algo cotidiano. A eso debe amoldarse y resignarse quien vive y sobrevive acá. No queda de otra. En los centros penales, no se paga la cuota mensual a los custodios que abren y cierran sus portones; pero en sus casas, las personas sí desembolsan ese “impuesto” extraordinario y extraoficial al que, en no pocos casos, se suma la “renta”. Son cargos adicionales a la precaria economía de tantas y tantas familias.

El cuadro descrito es síntoma de algo que pasa y nadie puede negarlo, sea o no fanático defensor de uno u otro partido en contienda permanente por ser Gobierno en lo local y en lo nacional. Y no comenzó el primero de junio próximo pasado ni el de hace cinco años. La tierra fértil para que las cosas estén tan mal, se empezó a labrar y abonar hace décadas; incluyen tanto las de antes y durante el conflicto armado, como las posteriores al mismo. Décadas en las cuales la violencia fue el recurso “inmediato” y “útil” para entrarle a los diversos conflictos que, en lugar de resolverse, se agravaron; décadas en las cuales, además, la impunidad fue la salida “fácil” para penar a las víctimas y premiar –en palabras de aquél– a “los malacates” que siguen disfrutando de su “fiesta” perenne.

Se ha probado de todo y todo solo ha servido para acrecentar desilusiones y frustraciones casi generalizadas, por no decir del todo extendidas. Planes “Caminante”, “Zafra” y “Grano de oro”, con patrullajes conjuntos de policías y militares para cuidar la recolecta de cosechas; “Mano dura”, “Súper dura”, “Puño de hierro” y hasta “patadas de ahogado” como la funesta “tregua”. En fin, todo eso no ha puesto fin a la inseguridad y la violencia infernales que a mucha gente obligan a buscar el “paraíso” en otras latitudes, sin importar los riesgos. Hoy se ofrece una propuesta oficial “novedosa”: la puesta en marcha de la llamada “Policía comunitaria” y una “comisión” para enfrentar la situación. Pensando en voz alta, al respecto cabe hacer sugerencias puntuales al oído del actual Gobierno. Sobre todo sabiendo –por comentarios de vecindario– que el día que se anunció la “Policía comunitaria” en la capitalina colonia Costa Rica, asaltaron a vendedores de agua embotellada a bordo de un camión de la empresa… ¡en la colonia Costa Rica!

A ese esfuerzo que ya comenzó a desplegarse en las comunidades, deberían sumarse otras dinámicas como parte de una política criminal integral. ¿Cuáles? Prevención a tiempo, no cuando ya no sirve. Represión inteligente que golpee “cabezas” en lo alto y para la cual, es probable, sí funcione el ejército; no como ocurre desde hace tanto tiempo que lo tienen “aplanando” calles y caminos, sin resultados positivos. Revisión y cambio radical del sistema carcelario, “cloaca” donde nadie se “limpia”; entre otras cosas, algunos cuarteles podrían pasar a ser granjas u otros centros productivos donde realmente se “rehabilite”.

Generar oportunidades de trabajo digno y dignificante, cae por su peso; hay que hacerlo con una empresa privada visionaria y con responsabilidad social cierta. Fortalecimiento de recursos técnicos, materiales y humanos de las instituciones integrantes del sistema de justicia, para mejorar sustancialmente en la investigación científica de los delitos y la sanción justa a sus responsables. Atención integral y protección efectiva tanto a víctimas como a las personas que se arriesgan, en la actualidad, a convertirse en víctimas cuando se atreven a ser testigos. Por cierto, ¿quiénes integrarán la “comisión de seguridad” que está por salir a la luz pública? Si no se incluyen víctimas directas, sin “intermediarios” ni “representantes”, otra vez se estará arrancando mal.

Última sugerencia. Al menos en esto que atañe a toda la población y daña profundamente la convivencia social, sobre todo “abajo” y “adentro” donde a las mayorías populares se les deteriora cada vez más su ya difícil calidad de vida, dejen de pelearse quienes están “arriba” y “afuera” de ese eterno caos de inseguridad y angustia. Políticos, funcionarios, iglesias, academia, empresa privada y demás “fuerzas vivas”, ¡no sigan así! Su proceder produce muerte, tanto lenta como violenta. Pónganse de acuerdo para hacer del país una tierra amable, que invite a quedarse.

Si no, mirando la “crisis humanitaria” de una niñez emigrante que sin compañía sale del “triángulo norte” centroamericano, por encima de las exquisiteces teóricas y discursivas sobre Estados “fallidos” o no, no quedará más que evocar al “Pueblo blanco” de Serrat y cantar:

“Escapad gente tierna, porque esta tierra está enferma. Y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer. Toma tu mula, tu mujer y tu arreo. Sigue el camino del pueblo hebreo y busca otra luna. Tal vez mañana sonría la fortuna. Y si te toca llorar, es mejor frente al mar… Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas y atravesando lomas dejar mi pueblo atrás, juro por lo que fui que me iría de aquí... Pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio”.