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El necesario escrache salvadoreño
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Benjamín Cuéllar

“Me acuerdo bien y le doy las gracias a mi memoria. No voy a ser tan tarado de repetir la historia de darle un voto a los que te mienten y te saquean, y ahora se quejan porque en la calle los ‘reputean’. ¿Y qué esperaban? ¿Que los aplaudan? ¿Que los alienten con palmaditas sobre la espalda? ¿Y qué esperaban? ¿Un monumento? No haría falta porque su cara ya es de cemento”. Esto es parte de una canción emblemática, tanto en Argentina como en otros países latinoamericanos que fueron martirizados por dictaduras militares. Su autor es Ignacio Copani, quien además compuso la música. Su titulo: “Escrache”. Según el diccionario, en aquel país “conosureño” y en su vecino Uruguay ese término coloquial significa o “romper, destruir, aplastar”; también “fotografiar a una persona”.

Pero esas acepciones no son las que deberían interesarle a la gente en El Salvador, hoy que ya desataron la nueva campaña electoral adelantada y malgastadora de dineros que tanta falta hacen a la “clase baja” y a quienes –según voceros del PNUD– ya salieron de la “clase media” para ingresar a la “cuarta clase”: la de la población que no está incluida en ninguna de las dos mencionadas, pero que vive “en condición de vulnerabilidad”. Dicho de otra manera: esos millones de dólares que dilapidan sobre todo ARENA y el FMLN, son un insulto para millones de personas amoladas por la crisis permanente en que sobreviven. Y esos partidos los tiran así, sin más, al basurero proselitista para intentar presentar como potables a personajes impresentables.

Pero retomando la palabrita, hay que considerar que la misma tiene otro sentido quizás más importante que los anteriores. Y ese debe conocerse en el país antes de los próximos comicios de marzo del 2015. Según HIJOS, el agrupamiento de descendientes de personas detenidas y desaparecidas en Argentina, “escrachar” se entiende como “poner en evidencia, revelar en público, hacer aparecer la cara de una persona que pretende pasar desapercibida”.

Eso hizo y hace esta organización cuyo nombre completo es “Hijos por la identidad y la justicia, contra el olvido y el silencio”; nombre que no deja lugar a dudas sobre los destinatarios del escrache que practica casi desde su surgimiento en 1994. “Con el escrache –afirma HIJOS– buscamos construir condena social, hacer que la casa del genocida sea su cárcel. Escrachar permite que el barrio se entere, que los vecinos sepan a quién le venden el pan, que el repudio sea la respuesta cuando lo vean en la plaza”.

En definitiva es, pues, una forma creativa de lucha contra la impunidad. Porque esa aberración que corroe los cimientos de cualquier sociedad que la permite, la deja crecer y la fortalece –como en el caso de la salvadoreña– no se manifiesta únicamente con la falta de castigo penal. Más allá de la relacionada con amnistiar a los responsables de graves violaciones de derechos humanos, crímenes de guerra y delitos contra la humanidad, la impunidad tiene otras manifestaciones en lo histórico, lo moral y lo político.

Cuando un Estado decide “blindar” a esos individuos, establece las condiciones para que pretendan y quizás logren ser recordados como “paladines” y hasta “referentes” de causas “nobles”; no como lo que fueron. Pero además permite –como en El Salvador– que tengan la osada desvergüenza de postularse para ocupar cargos de elección popular. Por eso resulta esencial para democratiza realmente al país, aprender de la experiencia argentina. Allá, pese a que tras el fin de la opresión fueron procesados y sentenciados integrantes de las cuatro juntas militares que se sucedieron entre 1976 y 1983, también se aprobaron disposiciones legislativas y se adoptaron decisiones ejecutivas para proteger a los criminales.

Pero tanto la Ley de “punto final” como la de “obediencia debida” promovidas por Raúl Alfonsín, así como los indultos otorgados por Carlos Saúl Menem, quedaron sin efecto. Las primeras, a iniciativa del presidente Néstor Kirchner, fueron declaradas nulas; de los segundos se encargó el Poder Judicial, al resolver que eran inconstitucionales. Esos fueron los actos formales de gobierno. Pero para que ello ocurriera, el mayor crédito hay que reconocérselo a quien lo tiene y merece: a madres, abuelas, hijas, hijos, nietas y nietos de personas desparecidas –sobre todo– que de forma organizada dieron y siguen dando la batalla franca, frontal y sostenida contra la impunidad.

Así impidieron que aquellos con sus manos manchadas de sangre y sus mentes retorcidas por la prepotencia que les brota al creerse y saberse “intocables”, pasaran a la historia como “héroes nacionales”. Pese a los obstáculos, fueron “tocados” por la justicia argentina que en buena medida funcionó porque las víctimas lo logaron con su empuje. Además –con la pasión, la imaginación y la acción de HIJOS– le cortaron las alas a los atrevidos que quisieron ocupar un puesto público. ¿Por qué? Porque –como canta Copani– “violaron leyes y se empacharon de privilegios. Cerraron campos, teatros, fábricas y colegios; se maquillaron por ser famosos desde la tele y ahora lloran porque el escrache cómo les duele”.  
El 3 de abril de 1995 se publicó en Argentina una entrevista que Horacio Verbitsky le hizo a Adolfo Scilingo. Este oficial de la armada durante el último capítulo del despotismo castrense gaucho, confesó lo inconfesable para muchos acá. Narró entonces los “vuelos”: tiraban de aviones al río de La Plata, a personas con vida que habían desaparecido por razones políticas. Scilingo le dijo a Verbitsky que eso “se hacía y se entendía que era la mejor forma. No se discutía. Era algo supremo que se hacía por el país. Un acto supremo. Cuando se recibía la orden no se hablaba más del tema. Se cumplía de forma automática”.

“Las órdenes no se discuten, se cumplen”. Eso dicen los militares. ¿Y quién las da? ¡Los mandos superiores!, obvio. Por eso, allá, las víctimas no se conformaron con la caída de  Scilingo; él, que era solo una pieza prescindible de la maquinaria terrorista estatal, declaró lo siguiente: “Cuando yo hice todo lo que hice, estaba convencido de que eran subversivos. En este momento no puedo decir que eran subversivos. Eran seres humanos. Estábamos tan convencidos que nadie cuestionaba; no había opción”. Pero aquéllos cuyas órdenes nadie objetaba y que no le dejaban a sus subalternos más alternativa que cumplirlas, eran los insustituibles en el aparato criminal de poder. Y a estos últimos, las víctimas los acorralaron hasta lograr su juicio y condena.

HIJOS sostiene, con toda razón, que esa confesión de Scilingo produjo “una gran conmoción en Argentina”. En esa coyuntura, nació la organización y proyectó su postura al respecto. “La gente –cuentan– nos vio en la televisión. Otros hijos nos vieron en la televisión. Comenzaron a llegar más y más integrantes, de ocho que se reunían al principio en Capital Federal, en una semana ya eran treinta. Cuando se realizó el segundo campamento, HIJOS ya contaba con más de trescientos cincuenta integrantes, de catorce regionales en toda la Argentina. Cuando cumplimos un año, el 14 de abril de 1995, ya éramos más de seiscientos los que nos movilizábamos por todo el país exigiendo justicia”.

Hoy en El Salvador, al menos dos de los imprescindibles que ordenaron atrocidades similares a las realizadas por los militares argentinos, quieren ser diputados. Uno es  procesado por la justicia universal en España; al otro no lo han querido investigar acá por un crimen que le achacan, ocurrido después de la guerra. En cualquier país decente, ese par no estaría pidiéndole el voto a la gente; en el mejor de los casos, estaría pidiéndoles perdón a sus víctimas. Pero para que pase eso –ya que ningún Gobierno de la posguerra ha tenido los… arrojos para hacerlo– es necesario que hijos e hijas, nietos y nietas de las víctimas se lancen a la carga como en Argentina. Igual que allá, el escrache acá es necesario para derrotar la impunidad, reivindicar a las personas ultrajadas y parar el desangramiento sempiterno que hoy –a casi veinticinco años del Acuerdo de Ginebra– asola a tanta gente.