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De oraciones, poemas y orgullos nacionales
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Benjamín Cuéllar

Está por terminar el mes dedicado a una independencia que, de verdad, no se le ve por dónde. Y los festejos oficiales no pasaron de ser más de lo mismo. Es cierto que el partido de Gobierno acordó entregar sus armas, al final de la guerra en la que combatió por liberar al país del sometimiento en que encontraba, según denunciaban con toda  razón. ¿Qué ha cambiado entonces para seguir haciendo lo que hicieron los otros partidos, cuando administraron el aparato estatal? La respuesta podría ser que, ya desarmada y “partidizada”, la antigua rebeldía entregó además ideales e ideas. No estaba ni pactado ni era justo, pero quizás lo hizo. Parece ser que, como cantaba Javier Solís, la entrega fue total y ahora conduce un país donde sus mayorías populares sostienen en sus espaldas las mismas cargas, mantienen en sus corazones las mismas angustias y sueñan se cumplan las mismas aspiraciones: trabajo y tranquilidad.

“De la paz en la dicha suprema, siempre noble soñó El Salvador”… Y sigue soñando. Al menos una inmensa cantidad de su población que no la disfruta, porque continúa sumida ya no en una sino en tres guerras: entre maras, contra las maras y de las maras contra la gente. Eso, sin mencionar otras formas superiores de delincuencia organizada y los estragos de su violencia criminal. El caso es que a diario suben y bajan los asesinatos, sobre todo allá entre los sectores donde también se padece por la muerte lenta de la exclusión y la desigualdad.

A esa patria le cantan un himno glorioso todos los poderes y a su bandera le rezan una oración solemne. De esa incongruencia no tienen culpa los autores de sus letras: Juan José Cañas y David J. Guzmán, respectivamente. Pero esa misma patria fue dibujada por otros poetas, “malditos” para todos los poderes, como lo que es y no como lo que dicen es. Tampoco del baño punzante y perenne de realidad, son responsables Roque Dalton con su “Poema de amor” y Oswaldo Escobar Velado con su “Patria exacta”.

No a esta última, sino a la patria de allá arriba y afuera le cantan todos los poderes; dicen que “con fe inquebrantable, el camino del progreso se afana en seguir”. ¿Será así cuando tantas personas nacidas acá, agarran camino para el norte del continente buscando el desarrollo humano decente y digno que acá no hallan? ¿Cuándo la “migra” y los “zetas” o los “equis” las acechan y persiguen, roban y secuestran, violan y matan?

Antes se iban a ampliar el Canal de Panamá y a reparar “la flota del Pacífico en las bases de California; a podrirse “en las cárceles de Guatemala, México, Honduras y Nicaragua” y ser “cosidos a balazos al cruzar la frontera”. Antes morían “de paludismo o de las picadas del escorpión o la barba amarilla en el infierno de las bananeras”; lloraban “borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte” y “apenitas” alcanzaban a regresar al país. Ese fue y es el camino del “progreso” que mucha gente se “afana en seguir”.

Asimismo, allá arriba y afuera de la patria exacta corean cosas como la siguiente: “Respetar los derechos extraños y apoyarse en la recta razón, es para ella sin torpes amaños su invariable más firme ambición”. ¿Qué pasa entonces con el derecho a la justicia para las familias de Katya Miranda y Ramón Mauricio García Prieto, dos víctimas “conocidas” de la violencia mortal y la impunidad fatal en el “nuevo El Salvador”? ¿Qué pasa con ese mismo derecho para todas las demás familias de las decenas y decenas de miles de personas asesinadas antes, durante y después de la guerra? Basta y sobra con ese botón, para muestra de los amaños vigentes que no dejan que ese verso sea realidad.

Por ello, talvez sería bueno actualizar esa plegaria a la bandera tan lejana y adecuarla a lo que –de verdad– ocurre en El Salvador. “Dios te salve, patria apaleada –podría leerse en una versión más cercana y real– En tu seno hemos nacido y sangrado; eres el aire contaminado, la tierra que cubre víctimas, la familia que dejamos […] Tu tienes nuestros hogares afligidos, […] ríos desaguados, deforestados volcanes […]”

A la que sí no habría que cambiarle tanto o nada, es a la lírica de Escobar Velado cuando dice: “Esta es mi Patria. Un río de dolor que va en camisa y un puño de ladrones asaltando en pleno día la sangre de los pobres. Cada gerente de las compañías es un pirata a sueldo; cada ministro del Gobierno democrático un demagogo que hace discursos y que el pueblo apenas los entiende”.

El poeta, un poco menos conocido que Roque pero ambos bachilleres del colegio jesuita en el país, a renglón seguido escribió: “Ayer oí decir a uno de esos técnicos expertos en cuestiones económicas, que todo marcha bien; que las divisas en oro de la patria iluminan las noches de Washington; que nuestro crédito es maravilloso; que la balanza comercial es favorable; que el precio del café se mantendrá como un águila ascendiendo y que somos un pueblo feliz que vive y canta”.

¿En qué parte debería insertarse en ese texto el tan famoso, ansiado y por fin aprobado –tras haber cumplido todas las exigencias foráneas– “Fomilenio II”. ¿Entre “las divisas de oro” y “las noches de Washington”? ¿Entre lo “maravilloso” de “nuestro crédito” y lo “favorable” de “la balanza comercial”? ¿Antes o después de asegurar “que somos un pueblo feliz que vive y canta”? Mejor antes porque lo que viene luego, de la pluma de Escobar Velado, es certeramente golpeador.

“Así marcha y camina –escribió y describió el poeta– la mentira entre nosotros. Así las actitudes de los irresponsables. Y así el mundo ficticio donde cantan como canarios tísicos, tres o cuatro poetas, empleados del Gobierno. Digan, griten, poetas del alpiste.
Digan la verdad que nos asedia. Digan que somos un pueblo desnutrido. Que la leche y la carne se la reparten entre ustedes después que se han hartado los dirigentes de la cosa pública. Digan que somos lo que somos: un pueblo doloroso, un pueblo analfabeto, desnutrido y sin embargo fuerte porque otro pueblo ya se habría muerto. Digan que somos, eso sí, un pueblo excepcional que ama la libertad muy a pesar del hambre en que agoniza”.

Ese “pueblo excepcional” que ahora parece adormecido con acuerdos y recuerdos de una paz inexistente, con alternancias frustrantes de cambio y con un buen vivir en medio de tanta maldad, debe despertar y luchar hasta alcanzar su verdadera libertad. “La liberalización –razonó apropiadamente Ignacio Ellacuría– es la vía de los pocos fuertes, que están más preparados para aprovecharse de la supuesta igualdad de oportunidades. La liberación es el camino de las mayorías, que solo accederán a la verdadera libertad cuando se liberen de un mundo de opresiones y cuando se den las condiciones reales para que todos puedan ejercitar su libertad”. Cuando eso ocurra, entonces habrá que saludar la patria con orgullo.