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Prostitución y derechos humanos
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Oscar Castro Soto

En el mundo se dice que la prostitución es un mal necesario, que es un fenómeno tan antiguo como el mundo mismo y que las prostitutas han existido en todas las etapas de la historia de la humanidad. Esta visión la sostiene una buena parte de la humanidad que cree que este fenómeno se debe a la naturaleza de los hombres y las mujeres.

Se dice que los hombres tienen impulsos sexuales irreprimibles que necesitan ser desfogados en razón de su virilidad. Los varones son masculinos en la medida en que desarrollan la fuerza física, despliegan su sexualidad, son seres sociales y desarrollan una habilidad racional superior. La razón y la fuerza hacen de los varones, hombres públicos y proveedores en la vida familiar.

Por otro lado, se cree que la naturaleza de las mujeres es doméstico y que la maternidad es la razón primaria y última de su sexualidad. Las mujeres, se dice, cultivan la ética de los cuidados, de la preservación del hogar, de la crianza de los hijos y la reproducción de la familia y por tanto de la especie. Las mujeres así, cultivan sus sentimientos y su pudor como razón de ser de su feminidad.

Estas ideas sobre la naturaleza de los hombres y las mujeres hacen que socialmente se señale y estigmatice a los hombres que desarrollan su sexualidad con otros hombres, a aquellos que se dedican a la ética de los cuidados, -enfermeros, trabajadores domésticos, padres que desarrollan labores en casa o que cuidan a sus hijos, entre otros-, y hasta aquellos que expresan sus sentimientos de manera abierta. Del mismo modo se estigmatiza y se señala a las mujeres que desarrollan su sexualidad erótica solas o con otras mujeres, o quienes desarrollan actividades que se consideran masculinas, y hasta aquellas que se atreven a expresar sus ideas en el ámbito público.

De esta manera se dice que en la prostitución, las mujeres que la ejercen son malas porque han dejado su rol de madres, cuidadoras y reproductoras de la vida familiar y de la especie, y desde una visión religiosa porque todo esto es contrario a lo considerado moralmente bueno. Asimismo, se dice que los hombres están dispensados de la fidelidad porque sus necesidades sexuales son irreprimibles, sobre todo cuando las mujeres están embarazadas, y aunque también se considera moralmente negativo, se tolera por la creencia de que no pueden ir en contra de su naturaleza.

Así también se puede observar que los fenómenos como la prostitución se toleran socialmente por las creencias populares  sobre la naturaleza de los hombres, pero se estigmatiza a las mujeres que la ejercen porque se considera moralmente malo que tengan relaciones sexuales por placer, por negocio o por necesidad. En todo caso se dice que las mujeres son culpables del fenómeno porque incitan a los varones a tener relaciones sexuales fuera del matrimonio.

Hoy en día, a pesar de que estas creencias siguen arraigadas en la mayor parte de las personas, asistimos a una época en la que se reconoce que el género (la forma en que somos los hombres y las mujeres) no es más que la construcción social de la diferencia sexual, es decir, que las características que se nos atribuyen a hombres y mujeres las aprendemos por la socialización y la educación que nos inculcan desde que nacemos, a través de la familia y la escuela. Nuestras diferencias físico-sexuales no nos determinan la forma en que somos, ni las jerarquías que existe entre hombres y mujeres, sino que las aprendemos socialmente. Reconocemos que vivimos en una sociedad patriarcal que favorece a los varones por encima de las mujeres y pugna por la igualdad entre los géneros.

A pesar de estos avances, la prostitución sigue siendo un tema tabú y causando polémica, porque se le asocia con actividades que son malas y se asocia a las mujeres que lo ejercen con todo tipo de actividades ilícitas. Del mismo modo, a las mujeres que viven una sexualidad libre de atavismos morales, se les asocia con las prostitutas, son mujeres “malas”, “putas” o “de la vida alegre”.

Incluso los Estados han adoptado posiciones con respecto de la prostitución. Aquellos que postulan que la prostitución nunca puede ser voluntaria son los llamados abolicionistas, como Suecia y Noruega, que castigan incluso a los varones que consumen servicios sexuales o pornografía, aduciendo que la actividad atenta contra la dignidad de las mujeres y las convierten en objetos sexuales.

Otros Estados europeos como Holanda y Alemania, pugnan por la reglamentación de la prostitución aduciendo que las mujeres que la ejercen tienen el derecho a no ser discriminadas, a organizarse, a defender sus derechos laborales y acceso a la educación y salud propia y de sus hijos. Argumentan también que la actividad requiere de controles sanitarios para que no se esparzan enfermedades venéreas o mortales como el VIH.

En Estados Unidos existe otro modelo que prohibe la prostitución y castiga a las mujeres que lo ejercen y a los varones que lo propician, sobre todo si sus actividades han implicado algún tipo de explotación abusiva o trata de personas. Se considera la actividad moralmente mala, a pesar de que su modelo económico ha pugnado por el florecimiento de la industria del sexo que, entre otras actividades comerciales, quiere liberar la prostitución como un trabajo.

En nuestros países latinaomericanos asistimos a modelos híbridos. Los gobiernos locales y los ayuntamientos tienden a regular las llamadas zonas de tolerancia y los antros donde se consumen servicios sexuales, aunque la explotación sexual y todas sus modalidades estén en los códigos penales.

Tal es la situación en Puebla, donde el 26 de mayo del presente año se manifestaron un centenar de mujeres adultas que se dedican a la prostitución.

Denuncian abusos de los policías, como cobros indebidos por estar en la calle de hasta doscientos pesos diarios así como mil 200 pesos cuando las detienen para que queden libres; demandaron que el ayuntamiento no cierre de antros, hoteles moteles y botaneros, y solicitaron un carnet de identificación y control para que se les deje trabajar. Se hacen llamar sexoserivdoras y reivindican su actividad como un trabajo. Dicen estar orilladas a ejercer la prostitución porque no hay fuentes de empleo y a la pregunta de los reporteros todas respondieron no tener un padrote, es decir, un proxeneta que les obligue a prostituirse.

El ayuntamiento por su parte dijo que no habrá zonas de tolerancia, pero recibió a una comisión para decirles que pueden ejercer la prostitución de “forma discreta” y no en el centro de la ciudad. El problema que se presenta es un problema complejo de derechos humanos que no puede ser tratado a la ligera, puesto que se trata de la denuncia de abusos policíacos de mujeres que están en situación de vulnerabilidad y que se han visto orilladas a ejercer la prostitución para mantener a sus familias. Tienen derecho de audiencia y según los instrumentos internacionales de protección de los derechos de las mujeres, deben de estar protegidas por las autoridades competentes.

Sin embargo, la sola situación de vulnerabilidad de las mujeres amerita un tratamiento especial para indagar si están siendo explotadas y si ejercen la prostitución de manera libre y voluntaria; y si viven discriminación o se encuentran en condiciones dignas de vivienda, salud, educación, e incluso, si tienen oportunidades alternativas de empleo. La regulación de la prostitución tiende a estigmatizar más a las mujeres y a propiciar condiciones sistemáticas de explotación sexual, pero la ausencia de verificación por parte de la autoridad de las condiciones en las que viven y se desarrollan las mujeres que la ejercen, tiende a reforzar las desigualdades de género y a normalizar la explotación sexual.

Es en este contexto que el bagaje de una perspectiva de derechos humanos cobra sentido además de una perspectiva de género. La perspectiva de los derechos humanos, nos invita a estudiar las situación en su complejidad y no como un problema de demandas y satisfacción de las mismas, ni como un problema moral que califica y estigmatiza a las mujeres.

La complejidad del problema implica el desarrollo de varias líneas de acción estratégicas y confluentes en beneficio de las mujeres en diferentes terrenos: la indagación de si efectivamente no están siendo explotadas por un tercero, de si no son víctimas de trata de personas, y de sí efectivamente están siendo coaccionadas por los policías. Esto se puede hacer sin que medie necesariamente la participación de las mujeres como víctimas ofendidas, salvo en el caso de las violaciones flagrantes a los derechos humanos, como es la extorsión policíaca.

Por otro lado, nos encontramos con el necesario desarrollo de políticas públicas que atiendan los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres, sin que esto signifique que haya que establecer una zona de tolerancia para la explotación sexual. Implica un estudio a fondo de las condiciones de vida de las mujeres y la generación de alternativas dignas de empleo en las que puedan desarrollarse con el mismo nivel de ingreso.

La perspectiva de género, por su parte nos permite superar esta idea de que hay que enseñarles a ejercer oficios que de suyo son mal remunerados, como  los tradicionales talleres de corte y confección, estilismo y manualidades. Implica, algo más profundo que tiene que ver con su construcción como mujeres autónomas y con capacidad de valorarse a sí mismas, estableciendo nuevas relaciones con su cuerpo, con su sexualidad y con los hombres.