Derechos Humanos / Anuario 2015
36 DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 […] actúa de manera incansablemente repetida un mecanismo que subordina sistemáticamente la ló- gica del valor de uso, el sentido espontáneo de la vida concreta, del trabajo y el disfrute humanos, de la producción y el consumo de los bienes terrenales, a la lógica abstracta del valor como sustancia ciega e indiferente a toda concreción, y solo necesitada de validarse con un margen de ganancia en calidad de valor de cambio. Los pensadores marxistas de principios del siglo XX, como V. Lenin o Rosa Luxemburgo, aludieron a mecanismos que pudieran explicar las condicio- nes de acumulación por despojo: De un lado [dice Rosa Luxemburgo (cit. en Harvey, 2004: 111)] tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía –en la fábrica, en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías. Considera- da así, la acumulación parece un proceso puramente económico, cuya fase más importante se realiza en- tre los capitalistas y los trabajadores asalariados… [En este proceso,] el derecho de propiedad se con- vierte en apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad en domi- nio de clases. El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza en la escena mundial. Aquí reinan como métodos la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña. En nuestra realidad contemporánea, ambos pro- cesos se conjugan como requerimientos del cre- cimiento y la acumulación ilimitada y eterna que pretende el capital, tanto en las relaciones interna- cionales como en nuestra realidad más próxima. Y sus mecanismos y consecuencias asumen, dice el pensador D. Harvey (2004), un rostro de crecien- te crueldad y cinismo, porque a la explotación se suma la exclusión y a la integración desigual, la muerte y el olvido. En este proceso, nos recuerda el autor, el ca- pital ha ido construyendo un paisaje geográfico que satisface sus particulares requerimientos de acumulación y evoluciona en consecuencia. Sin esa geografía desigual de la acumulación, las re- laciones capitalistas no podrían existir. Sin embar- go, esta producción desigual de espacios para la acumulación, no es sólo, ni principalmente la de la destrucción creativa. En nuestro contexto y en el de muchas geografías, el robo, la depredación, la rapiña, el pillaje y la apropiación de bienes co- munes son una constante en la historia del capi- tal, desde la conquista y su consecuente saqueo colonial, hasta los contemporáneos mecanismos especulativos y tributarios del sistema financiero internacional (Gilly, 2016). En todos los casos –como lo constatamos en México con la oleada de privatizaciones y despojo de bienes y servicios públicos de los últimos treinta años–, como dice Adolfo Gilly (2016), […] han comprometido la tierra, los medios de comuni- cación y transporte, las telecomunicaciones, la banca, la seguridad pública, el petróleo y la petroquímica, las minas y los complejos siderúrgicos, los sistemas de seguridad social y los fondos de pensión de los trabajadores, los puertos y las carreteras, los sistemas de agua potable, las fuentes de energía, hasta el proceso perverso de la imposición sin fronteras de la minería a cielo abierto […], este proceso se ha sos- tenido siempre por la violencia estatal y pasa por la destrucción de las matrices civilizatorias de muchos pueblos, por la incorporación de productores antes autónomos en la red salarial [o informal] del mercado capitalista y por variadas formas de negación del mundo de la vida y de la vida misma. En las ciudades, como podemos comprobar en la fiebre inmobiliaria y de producción de infraestruc- turas inverosímiles, el capital, en su proceso de expansión geográfica, crea un paisaje físico a su propia imagen y semejanza en un momento, para destruirlo luego. Se crea y recrea el valor económi- co de zonas privilegiadas, nacidas muchas veces de la expulsión de población sobrante de los es- pacios centrales y periurbanos, se especula con el espacio urbano en un mercado de futuros y se profundiza la exclusión, la precariedad y el olvido de crecientes masas de desposeídos sin lugar. En las áreas rurales se destruyen las formas de producción y reproducción campesinas y, más allá, las propias condiciones materiales de existen- cia, por la adecuación de todos los preceptos nor- mativos a los fines de la privatización, y cada vez más por la violencia directa y brutal, que obligan a una creciente descampesinización , con su cauda de migración y desplazamiento.
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