Derechos Humanos / Anuario 2015

42 DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 El territorio es un pedacito de La Tierra, es un espacio de origen al cual se le manifiesta respeto y veneración a través de una serie de ritos y festividades relacionadas fundamen- talmente la agricultura. En la mirada escalar que propone Giménez para gran parte de los pueblos y comunidades originarias de México, el territorio local, su terri- torio, es percibido no sólo en sentido de una realidad física (campos, va- lles, barrancas, número de hectáreas o kilómetros cuadrados) y menos como recurso; el territorio es un pedacito de La Tierra, es un espacio de origen al cual se le manifiesta respeto y veneración a través de una serie de ritos y festividades relacionadas fundamentalmente con la agricultura. Así los y las habitantes realizan peticiones a las montañas para tener una buena temporada de lluvias, bendicen y colman de flores los pozos de donde se extraerá el agua para el riego y, al final del ciclo agrícola, dan gra- cias a la tierra por la cosecha. Evidentemente, en este sentido La Tierra no es percibida en términos utilitarios, sino fundamentalmente simbóli- cos, como tierra-madre que sustenta la vida y cubre piadosamente a los antepasados que yacen en su seno, conformando una comunidad ligada por el ciclo de la vida y la muerte (Giménez, 2005). Hoy, y sobre todo en lo que se refiere al campesinado tradicional del centro y sur de México, el territorio sigue desempeñando un papel primordial, no sólo como contenedor o escenario geográfico de la vida social, sino como componente sustancial de la misma, es decir, como factor primario de solidaridad, cohesión e integración de las comunidades rurales… Así el territorio, y específicamente el territorio comunitario es, después del cuerpo y la casa, el espacio más íntimo. Pero esos espacios, como bien sabemos hoy, están en riego en todas sus escalas. Se ha hecho del conocimiento público que los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón entregaron en concesión a empresas mineras nacionales y extranjeras 8 millones 336 mil 990 hectáreas en Baja California, Chiapas, Chihuahua, Guerrero, Oaxaca y Puebla. Al número de hectáreas otorgadas por ambos presidentes en esas seis entidades del país se suman un millón 278 mil 445 ce- didas en Michoacán. En Puebla tanto Fox como Calderón entregaron 278 permisos, con un total de 248 mil 323 hectáreas. Y el gobierno federal actual ha concesionado 34 mil 343 hectáreas en 29 conve- nios con empresas privadas (Garduño, 2015). Toda esta dinámica de despojo de los espacios físicos está ali- neada definitivamente con la colonialidad del ser, dimensión ontoló- gica que se afirma en la violencia de la negación del otro y de sus concepciones del mundo. Esa colonialidad comenzó con la invasión española a Abya Yala y, como dijo Fanon (2003:35,36), al europeo “no le bastó limitar físicamente el espacio del colonizado; el colono hizo del colonizado la quinta esencia del mal. El colonizador desfigu- ró y deformó el imaginario del colonizado”. La modernidad se consolidó como paradigma de la guerra, de la violencia, bajo el cual el otro y en especial el otro indígena es desechable, un mero objeto de dominio, para ser adueñado, apro- piado y explotado. La colonialidad del ser naturalizó la esclavitud y la servidumbre, legitimó el genocidio en nombre del progreso. En ese modelo toda sacralidad referida a La Tierra ha sido constantemente violentada, desconocida, despreciada… Y en nuestro país lo que

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