Derechos Humanos / Anuario 2015

DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 105 Las explicaciones sobre un subdesarrollo democrático o la incivilidad de nuestras sociedades no son convincentes: en ellas subyace una lógica civilizatoria en la que se esencializa a nuestra región como inmadura en términos democráticos. del poder y del derecho que apelan al “orden público”, la “seguridad nacional”, o los “derechos de terceros”, con el objetivo de controlar a la población, reprimir las expresiones de disenso, perseguir a líderes sociales y utilizar facciosamente el sistema de justicia penal bajo una apa- riencia formal de legalidad que justifica este proceder. 3 Por lo anterior se precisa una recuperación del espa- cio en el campo físico y en el simbólico, re-significando el espacio público e irradiando en él un contenido de- mocrático radical y libertario, integrando la vivencialidad de la negación de derechos y de situaciones opresivas desde ese ámbito, apelando a su núcleo común y abier- to y por tanto democrático, para integrar, desde éste, a los sectores movilizados y amparados en un discurso y en una práctica que al ocupar el espacio público per- mite su visibilización como actores sociales, colocando en la arena pública sus demandas, construyendo así una relación –de interpelación, exigencia o negociación– con el poder público. Las condiciones estructurales y el factor disruptivo en Nuestra América ¿Por qué en América Latina la revuelta popular, las marchas, los planto- nes, el escrache o los cacerolazos han sido recurrentes en las últimas décadas? Las explicaciones sobre un subdesarrollo democrático o la incivilidad de nuestras sociedades no son convincentes: en ellas subya- ce una lógica civilizatoria en la que se esencializa a nuestra región como inmadura en términos democráticos y nos determina como sociedades que requieren progreso y desarrollo para llegar a estadios superiores. 4 Es preciso definir la historicidad que existe en esta condición. Nuestra América se proyecta en la larga duración como un espa- cio en el que, de manera reiterada, surgen expresiones disruptivas. Sin embargo, estas convulsiones no son contingentes: son factores estructurales (y no la falta de desarrollo político) los que hacen del disenso y de las prácticas emancipadoras algo permanente. 5 Desde una óptica estructural, nuestra región es “resultado de una relación dialéctica entre el realismo económico-político de la globa- lidad, generada y regida por los países posindustriales del mundo […] donde se confirman [y reproducen las] relaciones de dependen- cia y de interdependencia” (Magallón, 2003: 32). Nuestra circunstancia 3 Esta actuación precisa un cierto nivel de consenso social. Disciplinar a la sociedad impli- ca un proceso complejo de violencia y consenso. La criminalización de la protesta es posi- ble cuando un sector de la sociedad la reclama o valida aceptando la respuesta de poder y la violencia institucional y reconociendo los cimientos normativos en las que se justifica. 4 Para una crítica a esta caracterización dual de nuestras sociedades véase: Rodolfo Stavenhagen: 1981. 5 “No sólo vivimos […] en un periodo en el que ha madurado la actualidad de la revolución, sino que como región nos ubicamos en una franja económico/político/so- cial del sistema en la que dicha actualidad irrumpe y se hace presente de manera recurrente. Esta doble contemporaneidad es un rasgo que marca nuestro ‘estar en el mundo’ como latinoamericanos” (Osorio, 2009: 24).

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