Derechos Humanos / Anuario 2015

DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 119 el varón se coloca en el centro de cualquier lugar, de cualquier deseo y de cualquier referencia de lo humano (Molina, 2003). Reguant (2007) menciona cuatro características del patriarcado que nos ayu- dan a comprender la complejidad de dicho cons- tructo social. En primer lugar, el patriarcado no es algo escrito en nuestra sociedad; se asume como una institución inscrita, pero no escrita, como son las Constituciones de los países, el Código de Hammurabi, El Corán. Por lo cual no prevalece en la memoria del colectivo universal; se excluye del lenguaje habitual y se invisibiliza su existencia, se inhibe de la memoria y de su labor educativa. En segundo lugar, la autora menciona que la masculinidad es hegemónica, es decir, propicia una devaluación simbólica de las mujeres en rela- ción con el “Otro”, lo cual es una de las metáforas base de la mayoría de las civilizaciones del mun- do. Dicha subordinación de las mujeres se asume como natural y se torna, por tanto, invisible. Es de- cir, se ha institucionalizado y normativizado. En tercer lugar, el núcleo primario de la relación jerárquica se universaliza. Reguant (2007) explica que la categorización entre “superior” e “inferior” traducido a “hombre” y “mujer” permea otros co- lectivos tomando como base la diferencia jerar- quizada de “uno” hacia el “otro”, permeando cual- quier clase o grupo antagónico. Y por último, Reguant (2007) menciona que el patriarcado no es inamovible; se tiene una idea de patriarcado ahistórico, invisible, eterno e inmutable y, por tanto, inamovible. Sin embargo el patriarcado es una convención cultural y social sujeta a reforma o sustitución por otro constructo social y cultural. Una sociedad patriarcal transmite la violencia simbólica y estructural como algo inadvertido o culturalmente aceptado, a través de los mitos, las religiones, la ciencia, lo cual sirve para legitimar sus estructuras sociales existentes, cuyo funda- mento se encuentra en la división sexual. En este sentido Reguant (2007) expone cómo la suma de normas y valores dominantes en una sociedad dada, incorporadas a sus instituciones, se traduce en las relaciones humanas. Eade (2004) reconoce la capacidad de gran- des logros cuando las mujeres se organizan autó- nomamente –como mujeres y como ciudadanas–, sin embargo, expone que la evidencia demuestra que aun cuando ellas asuman tareas adiciona- les a su trabajo reproductivo –con la finalidad de asegurar la propia supervivencia (y la de sus fa- milias), mediante responsabilidades económicas y públicas adicionales–, con frecuencia estos logros no se sostienen en un contexto de transformación más amplio, pues los cambios en los roles de gé- nero, por lo general se condicionan y dependen del contexto. Por esto recalca la importancia de que las mujeres puedan distinguir los resultados deseados o negativos de sus acciones, y así se movilicen con la finalidad de defender los avances en su calidad de vida; de lo contrario, el contexto ideológico socavará los frágiles logros que ellas ganen, dando lugar a patrones “tradicionales” en torno a relaciones género-poder. En este sentido, la construcción de la masculini- dad y feminidad y la articulación con el ejercicio de variadas formas de violencia que se viven cotidia- namente es un tema necesario de abordar con estu- dios en profundidad, para proponer acciones con- cretas e inmediatas que fomenten nuevas formas de relación basadas en la igualdad y el respeto. Aun con esfuerzos desde instituciones acadé- micas, civiles e internacionales, las cifras acerca de la situación de las mujeres a nivel mundial no permiten afirmar grandes logros a favor de la des- aparición o disminución de su desigualdad con respecto a los hombres. A nivel de organismos internacionales se han creado índices para medir y aportar diagnósticos globales sobre la situación de las mujeres, sin embargo, dichos índices están lejos de ser instrumentos aliados de ellas, por el contrario, esconden realidades de desigualdad estructural. El Índice de Desarrollo relacionado al Género ( gdi , Gender-related Development Index) clasifica a los países según la expectativa de vida, el alfa- betismo entre adultos, niveles escolares generales y los ingresos de mujeres con respecto a hombres, proporcionando un dato que refleja dicha “desin- formación”, pues especifica que aun en Norue- ga, el país con más alta calificación en su Índice de Desarrollo Humano ( hdi ) y en su gdi y, a pesar de su nivel escolar más alto que el promedio, las mujeres ganan sólo las dos terceras partes de lo que ganan los hombres ( undp , 2003). Es una reali- dad mundial que las mujeres trabajan más que los hombres, pero ganan menos, ya sea en el ámbito rural o en el urbano, en países desarrollados o en vías de desarrollo, en niveles educativos básicos o de posgrado, pero este problema se disfraza.

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