Derechos Humanos / Anuario 2015

120 DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 Según la Medida de Empoderamiento de Gé- nero ( gem , Gender Empowerment Measure), la cual mide la presencia de mujeres en la vida pública y profesional, Japón, aun con los altos ingresos que genera y su noveno lugar en el Índice de Desa- rrollo Humano, se ubica en el décimo tercer lugar del gem , dado que las mujeres en el ámbito parla- mentario ocupan apenas el 10% de los puestos, en contraste con el 30% de Sudáfrica y el 36% de Honduras. En el mismo ejemplo, en Japón, el 45% de los tra- bajadores profesionales y técnicos son mujeres. Sin embargo, existen otros países como Brasil, Filipinas y Polonia, que superan a Japón en este índice. En re- sumen, como indica Eade (2004), el lugar que ocupe un país según su Índice de Desarrollo Humano, pue- de estar ocultando profundas desventajas para las mujeres y otros grupos marginados de la población; incluso un idh o idg bajo no necesariamente indica ausencia de mujeres en la vida pública. Dalla (2009), desde una perspectiva feminista, expone por qué el desarrollo capitalista no de ma- nera necesaria es portador de un bienestar. La rea- lidad actual brinda ejemplos de cómo en palabras de un progreso, en el sentido capitalista, las ac- ciones implementadas están lejos de resolver pro- blemáticas actuales en cuanto a salud, educación, trabajo digno, vivienda y otras necesidades; por el contrario, pone en evidencia problemas estruc- turales propios del modelo imperante, enunciados por la mencionada autora, como: •  La progresiva y constante expropiación que ha existido desde la acumulación originaria. Algunos autores afirman que no basta con cuidar la extin- ción de la materia prima, sino ser conscientes de que la Tierra va perdiendo su capacidad para amor- tiguar los daños ocasionados por el proceso de producción-consumo actual. •  La continua división y contraposición jerárquica dentro del cuerpo social, de clase, sexo, raza, etnia, trabajador asalariado vs no asalariado, ni libre. •  La producción constante de desigualdad e incer- tidumbre. •  La incesante polarización en la producción de riqueza –que cada vez es más concentrada– y de la miseria –que cada vez es más extensa–. Cabe resaltar que la acumulación de miseria es correspondiente a la acumulación de capital. Es un hecho tangible la reproducción creciente de fuer- za de trabajo, la cual, desgraciadamente, formará parte del mundo laboral sólo en una etapa de su vida, en la etapa reproductiva, para después ser nuevamente expulsados del mercado de trabajo. En este sentido, la reproducción capitalista se des- pliega con modos esclavistas. Resulta indignante que 200 millones de personas trabajen en tales condiciones en el mundo. Las condiciones de precariedad laboral afectan de forma distinta a hombres y mujeres, dejando en desventaja, a las mujeres, aunque hay autores (Guadarrama, 2007) que opinan que la segrega- ción femenina en los puestos de trabajo sirve como protección ante la crisis de algunas profesiones que se ven afectadas por la crisis económica con despidos y pocas vacantes (puestos mayormente ocupados por hombres). Dalla (2009), por ejemplo, examina cómo seg- mentos amplios de la población son condenados a la extinción porque se les juzga innecesarios para las necesidades de valorización del capital. Las condiciones de estos grupos marginados revelan, de forma cruda, las brechas de desigualdad gene- radas en este sistema. En las mujeres, como parte de esta segrega- ción, se configura la condición femenina capitalis- ta con la violencia, se forja sobre la hoguera de las brujas y se mantiene con la violencia (ídem). La autora remarca cómo en el periodo de la acu- mulación originaria, al mismo tiempo que nacía el trabajador libre, consecuencia de las operaciones de expropiación, se gestaba el mayor sexocidio que la historia recuerde: la “caza de brujas”, “la cual contribuía fundamentalmente, junto con otras medidas dirigidas contra las mujeres, a forjar a la trabajadora no asalariada y no libre para el proce- so de producción y reproducción de la fuerza de trabajo” (Federici, 1988). Varios estudios han hablado sobre la mujer mar- ginal. Sullerot (1970) describe el proceso de dife- rencia de régimen en el trabajo de hombres y mu- jeres en el hogar, señalando que éste ha perdido buena parte de su papel educador y casi por com- pleto el de productor. Antes de esto, la mujer no era marginal, por el contrario, constituía una parte fundamental de la unidad económica familiar. En cambio, los bienes que anteriormente se produ- cían en casa: conservas, ropa, etc., se obtienen ahora en el mercado. La mujer pasó de productora

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