Derechos Humanos / Anuario 2015
DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 15 En este contexto de hambre de trabajo que tie- ne el capitalismo, el patriarcado cambia. La vio- lencia sexual se convierte entonces en la forma de relación social promovida por el control del Estado sobre el cuerpo de las mujeres. Acomuna la que- ma de brujas con la violación de las mujeres de los pueblos sometidos durante las guerras de invasión colonial que, según la historiografía nasa, no es sino el primero de los tres momentos de su historia moderna. 4 La violencia, que es también amenaza del uso de la violencia, sostiene el control de la procreación y del trabajo de la reproducción. En el capitalismo, las mujeres deben procrear traba- jadores y cuidarlos todos los días y deben hacer- lo de modo invisible, en condiciones no pagadas, porque así se reproducen de forma muy barata. El capital puede tomar toda la riqueza que los tra- bajadores producen, porque las mujeres producen trabajadores casi gratis. Ahora bien, si cruzamos el análisis del trabajo no pagado de las mujeres con la idea que la viola- ción es una manifestación primaria de la violencia entre las personas, tal y como lo sostiene Rita Laura Segato (2003) en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre géneros entre la antro- pología, el psicoanálisis y los derechos humanos, entendemos que la riqueza como explotación del trabajo produce también una economía simbólica del poder, ya que la violación de los cuerpos de las mujeres naturaliza la exacción forzada de servicios (el sexual y el laboral). Dicha exacción construye el género, la edad, la raza y la clase como sustratos organizativos, según quién ejerce y quién sufre la dominación, desde tiempos tan lejanos que es fá- cil confundir la historia de las relaciones de género (y, por lo tanto, de la guerra y de la opresión) con la historia misma de la humanidad. resistencia y defensa de los pueblos indígenas de los países otrora coloniales. 4 En 2010 tuve el honor de presenciar algunas conversaciones acerca de la historia de la Modernidad mientras se configura- ban los programas de estudios de la Universidad Autónoma Indígena e Intercultural Nasa, cerca de Popayan. Las y los his- toriadores nasa conversaban acerca de que la Modernidad en América se divide entre el tiempo de la confrontación armada contra los invasores, el tiempo de la resistencia para garantizar la sobrevivencia de los pueblos y el tiempo de la reafirmación y visibilidad. Mientras los dos primeros tiempos son fluctuantes y varían de zona en zona, de pueblo en pueblo, el tercer momen- to de la Modernidad indígena americana inicia en 1973 con el Movimiento Quintín Lame. Segato retoma la idea de Carole Pateman de que la violación implica, a nivel simbólico, la apropiación de todas las hembras por parte de un macho –pa- dre– patriarca 5 y, por ende, constituye el crimen que da origen a la primera ley. Si esto se esencializara, impondría nuevamente una historia universal que, como feminista y filósofa de la historia, considero la principal forma de imposición de un modelo inter- pretativo sobre todas las realidades existentes; por lo tanto, nos dejaría sin la posibilidad de plantear políticamente un cambio. No obstante, si se trata- ra de una relectura crítica de la idea moderna de pacto social (el que sostiene la necesidad del Esta- do), Segato estaría postulando la posibilidad de un cambio político que supusiera la desaparición de la organización social tal y como la conocemos. En su sentido hobbesiano, la sociedad se regu- la en cuanto los seres humanos están determina- dos por el terror. El miedo es el fundamento mismo del Estado que se encarga de reproducirlo. ¿Aca- so si las mujeres fueran libres y no tuvieran miedo a la violación, la ausencia de ley, en la conserva- dora filosofía política de Hobbes, desataría un va- cío de poder que nos devolvería al estado natural? Rita Laura (2007) va más allá de proponernos este cuestionamiento, al recordarnos constantemente que en América los Estados han construido desde la Independencia a sus “otros” –las mujeres, los pueblos originarios, los mestizajes no deseados, las poblaciones de origen africano que se reorga- nizaron después de la trata en los límites de la or- ganización colonial– y que, por ende, no pueden terminar de reconocerse ni regularse con base en una justicia que abarca a toda su ciudadanía. En este sentido, en América, salir del estado de terror implicaría una revisión del pacto sexual en relación con la violencia racista, que en última instancia ha sido provocada por ese mismo pacto sexual, sea como iniciador de todas las jerarquías sociales, 5 Carole Pateman (1995), en 1988, introdujo una variación fundamental en los estudios sobre el contrato social, que se centraban en las ideas de Hobbes y Rousseau, por las de un “contrato sexual” originario para explicar la relación con la autoridad y el estado civil: “El contrato originario es un pacto sexual-social, pero la historia del contrato sexual ha sido reprimida” (Pateman, 1995: 9), y “La historia del contrato sexual es también una historia de la génesis del derecho político y explica por qué es legítimo el ejercicio del derecho –pero esta historia es una historia sobre el derecho político como derecho patriarcal o derecho sexual, el poder que ejercen los varones sobre las mujeres” (Pateman, 1995: 10).
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