Derechos Humanos / Anuario 2015
DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 17 a cabo con mayores pérdidas de vida y bienes de la población civil y violaciones masivas? ¿Qué signifi- ca la virtual impunidad de los hombres que agreden sexualmente a las mujeres, en ocasiones hasta pro- vocarles la muerte? ¿Cómo lograr en un sistema de agresiones múltiples el indispensable cambio de las formas de relación para que no pasen por la apropia- ción del ejercicio de la sexualidad, reconociéndolo en todos los casos como un acto voluntario? La herencia colonial del patriarcado No confundo la reivindicación de los derechos hu- manos de las mujeres con nuestra liberación. Una ley o un conjunto de normas no nos liberan, aunque apuntan a superar los impedimentos que provienen de la ley misma para el ejercicio de la libertad. La cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) reconoce que en los últimos 20 años la situación legal de las mujeres ha mejorado sosteni- damente en la región (en el mes de marzo de 2015 presentó un informe en Nueva York para evaluar la aplicación de la Plataforma de Acción de Beijing). No obstante, este avance es heterogéneo e insu- ficiente; las políticas públicas revelan la debilidad institucional (y la falta de voluntad, agregaría yo) para frenar la violencia contra las mujeres, la impu- nidad masculina y la desigualdad social-sexual. Los cambios en las legislaciones no han tenido una contraparte en la educación y en los medios que inciden en la mentalidad acerca de la humanidad plena de las mujeres, en particular si son pobres, tienen discapacidades, pertenecen a naciones hos- tigadas por el Estado en el que viven, son lesbianas o disidentes de una sexualidad monogámica, no son laicas liberales o profesantes de una religión recono- cida o si sufren una racialización que las expone a la discriminación y la excesiva sexualización. A pesar de esto, las acciones contra la violencia ejercida ha- cia las mujeres por parte del Estado y sus agentes, si llegaran a cuajar en la garantía de prácticas de libertad de movimiento y expresión, podrían alistar un espacio propicio para la liberación. No considero los derechos humanos de las mu- jeres como un sinónimo –ni siquiera un equivalente– de las políticas feministas, pero reparo en que la de- fensa de estos derechos nos ayuda a vivir nuestro proceso de liberación de forma menos violenta. No son la misma cosa las políticas de las muje- res y las políticas de los Estados latinoamericanos para las mujeres, porque la política de las mujeres no apunta al fortalecimiento del Estado y éste tiene miedo a la autonomía de las mujeres. En América (o Abya Yala, para no usar el nombre de un inva- sor para definir un continente poblado y política y socialmente organizado a la hora de la invasión) además, el miedo a los efectos producidos por el colonialismo en los diferentes grupos poblacio- nales americanos estaba presente en los grupos insurgentes de principios del siglo XIX que orga- nizaron el Estado. Por lo tanto, impulsaron luchas para la independencia política del Estado y no de las naciones, suscribiendo un pacto sólo con parte de ellas, a la vez que construyeron lo que Bolívar Echeverría (2008) llamó la “nación de estado”, es decir, ese sujeto social de la comunidad viva con el cual el Estado quiere identificarse y que confec- ciona como su representante. 9 9 Echeverría se refiere a la necesidad por parte de la organi- zación capitalista del Estado de construirse un justificante en lo nacional, de inventarse una “nación” por parte del Estado. Aunque las naciones, en cuanto pueblos que se autoorganizan y autorrepresentan, existen al margen del Estado, considero cierto que por parte de éste hay una construcción de la nación con la cual quiere identificarse. En un texto del día 11 de junio de 2008, titulado “La nación post-nacional”, Bolívar Echeverría sostiene que: “La necesidad de que en la vida moderna exis- ta algo así como un estado nacional resulta descifrable desde la perspectiva de esta teoría de la enajenación. En efecto, el carácter nacional del estado proviene del hecho histórico real de que una sociedad así como la descrita resultaría imposible, dado que el ‘sujeto cósico’ o enajenado –el valor económico capitalista– necesita para existir de la ‘sujetidad política’ de la comunidad viva, y no puede por tanto aniquilarla. El dominio del capital sobre la modernización de la sociedad se encuentra siempre cuestionado por ésta, que es su sustento, y sólo puede cumplirse efectivamente a través de ‘compromisos’ entabla- dos por dicho capital con la realidad ‘natural’ de esa sociedad. Pese a estar siendo sometida por la dinámica de la riqueza en su ‘forma de valor’, la dinámica propia de la sociedad en su ‘forma natural’ es siempre, de todos modos, el fundamento y la condición de existencia indispensable de esa riqueza abstracta que se autovaloriza, y está por ello en capacidad de oponerle resistencia y de ‘negociar’ con ella los términos de su someti- miento. El estado nacional es un conjunto institucional ‘puesto’ por la empresa capitalista de acumulación pero identificado se- gún los rasgos vivos de la comunidad o ‘nación natural’ que le sirve de portadora y le permite existir como una ‘república’ his- tóricamente concreta. Son rasgos que, si pasan a conformar la ‘identidad’ de esa ‘comunidad nacional moderna’ –comunidad que no por ‘artificial’ e ‘imaginaria’ deja de ser efectiva–, sólo lo hacen ‘negociando’ siempre de nuevo su alteración y acondi- cionamiento por esa empresa histórica capitalista. Aquella par- te –mayoritaria o no– que, dentro de una comunidad, existe ya como sociedad civil, como un conjunto de propietarios privados –sean capitalistas o no capitalistas (como los trabajadores)–, se convierte en el vehículo o soporte antropológico de la empresa histórica estatal de acumulación de capital –es decir, se identifi-
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