Derechos Humanos / Anuario 2015

22 DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 considerado femenino y “débil” como bordar, para reubicar la centralidad de la vida femenina. Bor- da en colores simbólicos del feminismo, como el rosa y el morado, busca una belleza del texto y de la forma del bordado, cuida el recuerdo, sus- cribe el texto en primera persona, como si fuera la propia asesinada la que dijera “yo soy”. Se re- úne en plazas y en casas, dando desplazamiento de lo protegido a lo expuesto a esos cuerpos his- tóricos que se rebelan contra la violencia a través de una actividad sólo aparentemente silenciosa, de manera constante. Bordados de tradición indígena y bordados de tradición colonial, flores, pájaros y palabras. Bordados que se hilan con otras activi- dades visuales y prácticas artísticas de resistencia. Las mujeres hoy han dado pie a una plurina- cionalidad con vínculos solidarios, con sus propias normas y construcciones que no siempre respon- den a organizaciones comunitarias, pero que siempre tejen redes y conversan alrededor de prácticas de resistencia al despojo. Si bien “el mero desplazamiento de la mujer hacia una posición no destinada a ella en la jerarquía del modelo tradicional pone en entredicho la posición del hombre en esa estructura, ya que el estatus es siempre un valor en un sistema de relaciones” (Segato, 2003: 31-32), la posición del hombre tra- dicional es sólo defendida por los sectores más violentos de la sociedad capitalista en crisis que se sostiene en la guerra sin fin. ¿Qué es, entonces, la liberación? A pesar de la violencia, es posible que las mujeres –entendiendo por ellas un sujeto político de trans- formación colectivo– se liberen, acabando con los sistemas de género que constituyen jerarquías se- xuadas, donde los hombres se establecen como el polo jerárquico a expensas de la subordinación de las mujeres (y de los intersexuales, generalmente feminizados por el pacto sexual que organiza el Es- tado). Al tocar el tema de la violación en la formación de los Estados modernos, plurinacionales, pero racistamente jerárquicos, se toca un núcleo duro en las relaciones humanas, a nivel horizontal, entre compañeros de las opresiones de raza y clase, y vertical, entre opresores y oprimidas que, según Segato, se desprende de un mandato: La idea de mandato hace referencia aquí al impera- tivo y a la condición necesaria para la reproducción del género como estructura de relaciones entre posi- ciones marcadas por un diferencial jerárquico e ins- tancia paradigmática de todos los otros órdenes de estatus –racial, de clase, entre naciones o regiones (Segato, 2003: 13). La violación y el despojo de la riqueza que el tra- bajo gratuito de las mujeres produce son precep- tos que entran y salen de la legalidad, pues sus resultados son necesarios para que el poder se mantenga. No obstante, necesitan de la normaliza- ción y el silencio, cosa que los bordados impiden y la teorización sobre el cuerpo-territorio deshace. Bordar y pensar, reunirse y defenderse, destejen el entramado del Estado que hoy legisla en contra de la violencia hacia las mujeres, aunque la permite en la práctica al evitar que se transforme la edu- cación por la cual la diferencia sexual se organiza y se reproduce como desigualdad laboral sexual. El orden sexual no es una estructura en senti- do levistraussiano, sino una práctica política que utiliza una simbolización disciplinadora y encubri- dora, que cambia según los procesos de convi- vencia entre las personas y que, dependiendo de las culturas y los tiempos, adquieren nombres que pueden ser traducidos a los conceptos de “mu- jer”, “hombre”, en ocasiones “mujer heterosexual”, “mujer no heterosexual”, “hombre hetero”, “hombre no hetero”, “intersexual”, etcétera. Considero que el análisis que Segato hace del fenómeno de la violencia en la cultura colonizada por el mandato de violación del patriarcado global (cons- truido por las normas cristiano/capitalista/coloniales y que ha dado pie a una globalización del patriarcado) ofrece un margen para la liberación de las mujeres. ¿Liberación de la racialización, la fuerza, la edad, el poder de sus allegados masculinos en la estructura de clases, que las construyen como sujetos viola- bles y, consecuentemente, desaparición del género junto con el mandato patriarcal? ¿Liberación de los elementos violentos que construyen las relaciones entre mujeres y hombres como necesariamente je- rárquicas, convirtiéndolas en el arquetipo de todas las demás jerarquías? ¿O liberación como proceso –periodo y acción– de deshilado de las tramas de la opresión y posibilidad de retejido de las culturas, diferentes, no sometidas ni equiparadas ni paralelas a la de los hombres, sino simplemente otras, como

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