Derechos Humanos / Anuario 2015
78 DERECHOS HUMANOS ANUARIO 2015 Pero “No hay ciudad [o país o tiempo] que acepte la libertad de pensamiento” (Ellacuría, 2001: 118). En Sócrates, el pensamiento es libre por enal- tecer la justicia, luchar por la verdad y buscar la belleza. El pensamiento quiere alcanzar la virtud. Encontramos en este griego el ideal del filósofo en el que creía Ellacuría. Este filósofo debía aceptar su vocación, y transformar el filosofar en un estilo de vida. Se debe vivir para filosofar . “Se trata de dar un tratamiento filosófico a todas las cuestiones posibles que afectan nuestra vida diaria.” La ense- ñanza de Sócrates es ver y vivir la vida con filosofía y llevar esto hasta las últimas consecuencias. Por consiguiente debe entenderse que el filo- sofar implica un compromiso ético y moral. Ya Ellacuría había hablado antes del compromiso del intelectual con su entorno, su contexto y su gente. En este caso, el compromiso del filósofo es con la verdad. Éste afronta las cuestiones planteadas de manera rigurosa, crítica y autocrítica, metódica y flexible. Busca “sobrepasar la corteza de lo aparente”. Es necesario mencionar que antes del filósofo existe y hay una persona, un ser humano. Para Ellacuría era importante resaltar que el filosofar es una necesidad humana básica e imperiosa, y que se presenta o puede ser posible en todas las per- sonas. Esto nos lleva a entender la filosofía como un constante cuestionamiento tanto individual como colectivo. De las enseñanzas de Sócrates también surge este precepto, el de conocerse a sí mismo , el de hacer una constante revisión de nuestras vidas. Claro que para esto, para el filosofar, antes se debe escuchar, observar, estar en la realidad y conocerla. Es claro que no todos se preocupan por hacer o pensar sus vidas de esta manera, y es aquí donde reside el peligro. Ellacuría menciona, con respecto a la necesidad de filosofar y a la sabiduría humana, que “cuando un hombre no se preocupa de ella, o lo que es peor, cree poseerla no poseyéndola, cae en el delito de inhumanidad y debe considerársele peligroso, sobre todo si está a cargo de otros o está al frente del Estado” (Ellacuría, 2001: 124). Aquí no solamente hay una crítica individual, sino colectiva y en un sentido político. El poder pretende tener la verdad y la establece de acuerdo a sus parámetros, los cuales en sus entrañas son injustos, falsos y opresores. El peligro más latente es el creer que sabemos algo que no sabemos, o el creer poseer la verdad, cuando estamos del lado de la falsedad. Entendido esto, podemos afirmar que el filoso- far, la filosofía, debe conformarse como un saber, una búsqueda del saber, crítico, plural, abierto, que parta de la doxa ignorantiam, esto es, del entendi- do de que no sabemos nada. Igual supone una búsqueda constante, curiosa e insatisfecha con el “verdadero saber” de los poderosos. La “verdad” entrecomillas del poder es precisamente la que se busca derrumbar, develar, desenmascarar, por medio del filosofar. La filosofía Claro que la filosofía no es un asunto simple. La filosofía no es de ninguna manera inocente, impar- cial o ligera. Esto se acentúa más al existir un em- peño oficial por establecer una filosofía hermética y justificadora de la dominación y opresión que ha ido constituyendo a la sociedad occidental, y legi- timando sus formas, métodos y (des)razones, in- justas y desiguales en sus entrañas. No podemos ni debemos dejar de notar el carácter situado del pensamiento y los intereses a los que responde. En Ellacuría vislumbramos dos formas de ver o entender la filosofía. Por un lado está la filosofía ideologizada, como ideología, la cual responde a los intereses dominantes y a los condicionamien- tos imperantes. Estos condicionamientos son múl- tiples, y no sólo se reducen a intereses de clase, también existen en la biología humana, en su per- sonalidad y su psicología. Por otro lado está la filosofía que asume un pa- pel creativo, reflexivo y crítico de todo lo estable- cido. Esta filosofía representa, en su esencia, el amor por la sabiduría, por la verdad más profunda del ser humano y de la realidad. En tiempos de mentira, de falsos profetas, la verdad se vuelve un arma vital para la existencia. Continuando, la filosofía debe ser una crítica constante a los dogmas y a las pretensiones “sa- bias”. Estas pretensiones surgen de los centros de poder. En estos centros de “sabiduría” no se com- prende algo que para Ellacuría era crucial: que la filosofía, en su carácter más humano, puro y nece- sario, no es cuestión de erudición o cultura, sino más bien de naturaleza humana. Esto no implica que sea una tarea fácil ni tampoco se dejará de recalcar la importancia de la sistematización seria y la rigurosidad en nombre y en aproximación a la verdad.
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